
Carlos Núñez Agüero salió a apoyar la propuesta de Colym Soroka: sacar Hambre Cero de manos de las gobernaciones y pasarlo a los municipios. El argumento parece administrativo, pero el fondo es político: quién controla la comida escolar, quién firma, quién reparte y quién queda cerca de la caja.
Núñez fue más lejos y dijo lo que normalmente se dice en voz baja: que los gobernadores “roban asquerosamente”. No habló de errores, demoras o mala gestión. Habló de robo. Y cuando un senador del propio sistema describe así el manejo de un programa social, ya no estamos ante sospechas opositoras, sino ante una pelea interna con confesiones incluidas.
Del otro lado aparece Bachi Núñez, defendiendo que las gobernaciones sigan administrando esos recursos. Traducido: que no se toque esa estructura. Mientras unos quieren mover la caja hacia las municipalidades, otros quieren dejarla donde está. Todos hablan de eficiencia, pero el olor es otro.
La ironía es perfecta: se acusan entre colorados, se corrigen entre colorados y se protegen entre colorados. Hambre Cero termina convertido en botín político.
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